Abusada
- Claudia Maiocchi
- hace 21 horas
- 2 Min. de lectura
Nuestro propio "Gabo" nos sorprendió con este título... y lo que sigue. Los diálogos, como siempre, una de sus fortalezas.

De pronto decidió irse. Llevaba muchos años junto a su compañera, aguantando esa carga excesiva.
El día era fabuloso para un paseo, el agua estaba fresca. Vio su oportunidad y la aprovechó. Se marchó río abajo, como un barquito de papel.
***
Esos fueron mis primeros delirantes pensamientos sobre la partida de mi ojota izquierda talle 44. La pobre fue abusada desde el vamos, soportando a cada paso 104 kilogramos de un pie 48.
La vi irse sin poder hacer nada. Ahora iba a contaminar ese hermoso arroyo cordobés, o a tapar alguna alcantarilla, sucia y abandonada.
Entre la silla, la mochila, la mesita y la sombrilla, mi equilibrio resultaba precario. Sólo atiné a decir:
—¡Se fue!
—¿Quién? —preguntó sorprendida Marie, mi esposa.
—La ojota. Allá va…
Me imaginaba volviendo a la cabaña descalzo, pisando piedritas, astillas y quién sabe que otros castigos.
—No importa, estaba rota.
Yo pensaba en el precinto que sostenía la tira del lado derecho, reemplazado hacía poco, porque se gastaba con el roce del piso.
—La voy a buscar —dijo ella.
—Estás loca. Mirá lo rápido que va.
La corriente del agua era moderada, suficiente para descalzarme. Por lo rápido que iba, la ojota fugitiva parecía tener un motorcito. Y ya me costaba divisarla.
Con cuidado de no perder la otra, fui a la orilla a dejar los bártulos. Ahora estaba por perder a mi esposa.
De vez en cuando ella aparecía subida a una gran roca, luego desaparecía de nuevo, sin pausa.
A lo lejos la vi hablar con unos chicos que estaban sentados sobre un gran promontorio, tirando piedras al agua. Me la imaginaba preguntándoles si habían visto pasar una ojota y me empecé a reír solo.
Desaparece de nuevo, pero esta vez durante un rato largo.
Cuando me preparaba a ir al rescate, la veo sobre la misma roca en que estaban los chicos, agitando algo en la mano.
No puede ser.
No veía bien lo que agitaba, pero no podía ser otra cosa que mi desvencijada ojota.
Respondí el saludo y ella emprendió el regreso.
Ya cerca, me la muestra. No lo entiendo.
—¿Cómo la encontraste? ¿De qué hablabas con los chicos?
—Les pregunté si habían visto pasar una ojota. Se lo tuve que preguntar tres veces, y sin entender demasiado me dijeron que no.
—Más bien deben haber pensado: Esta señora está loca —dije.
—Y… sí. Yo fui convencida de que se iba a quedar en el remolino que hace el agua entre esas dos rocas inmensas. ¿Te acordás que lo vimos ayer?
—No lo puedo creer.
—Voy y la veo dando vueltas ahí mismo. Lo difícil fue llegar sin caerme. Y me tuve que apurar porque tenía miedo de que se fuera de nuevo.
—Hubiera sido la segunda vez —acoto.
—Lo más cómico de todo fue la cara de los chicos cuando se la mostré.
Y mientras subimos la cuesta hacia la cabaña, miro mi pie izquierdo protegido por ese noble calzado que, con un vehemente ñick ñick, protesta a cada paso.
Gabriel Cassanello - Buenos Aires





Comentarios