Furia, dolor, esperanza
- Claudia Maiocchi
- hace 6 días
- 6 Min. de lectura
La autora Sonia Crespillo no pudo asistir al encuentro presencial (vive en la Provincia de Chubut, Argentina). Su trabajo, sin embargo, resulta imprescindible en la selección de lo realizado durante 2025: incursionó en el cuento, la poesía, el ensayo y el relato vivencial con una valentía, honestidad y compromiso notables. A continuación, dos de sus textos, unidos por el hilo invisible del trabajo interior y la palabra-sutura. Gracias, Sonia, por seguir formando parte.
I. La señora de la furia
Nos sugirieron escribir sobre la furia. Alguna que hayamos tenido, experimentado en algún momento de nuestra vida, o bien imaginar una. Yo creo que lo imaginario no es más que un pedacito de realidad que se escapa del inconsciente como un flash, aparece y dura un instante. En mi caso, mientras trataba de recordar algo, rápidamente una escena cruzó mi mente como una sombra.

Me detuve a pensar si escribir sobre eso. De pronto me sentí incómoda y avergonzada. Pero ese relato tironeaba entre el querer salir como vómito y la represión: una fuerza que pretendía que siguiera guardado.
Como de costumbre, ese pajarito carpintero que no para de taladrar órdenes desde el interior decía: “Eso merece ser contado”.
Obedecí.
*
La niña tiene ocho años, cursa primer grado. Todos los días va a la escuela con sus hermanas mayores. Una está en quinto y la otra, en sexto. Caminan diez cuadras hasta la escuela.
Es viernes, víspera de vacaciones de invierno. La maestra les entregó el boletín de calificaciones a todos los estudiantes.
La niña pequeña recibe el suyo y espera a sus hermanas a la salida. Ella no comprende cómo se evalúa y, ni bien las ve aparecer, les pregunta a sus hermanas. Estas miran su boletín y le dicen: “Tu boletín está excelente, por eso tienes todo en rojo”.

La niña se pone muy contenta y va al trote por la calle, tarareando una canción. Detrás, las otras dos se ríen por lo bajo. Ansiosa, la pequeña se imagina lo alegre que se pondrá su madre cuando le muestre sus notas.
Al llegar a la tranquera, la ve en el patio cortando leña. Corre hacia ella y le dice entusiasmada: Mamá, mamá, ¡mirá mi boletín!
La madre deja el hacha clavada en el tronco. Se limpia las manos en la ropa para no ensuciarlo y lo toma. Lo sostiene con las dos manos y se lo acerca a los ojos. El tiempo parece detenerse. Luego mira a la niña, que sonríe expectante. La mujer, desconcertada, pero a la vez echando fuego por los ojos, frunce el ceño y, sin mediar palabra, le lanza una bofetada que la tira al piso. Burra, le dice; la levanta en el aire mientras la zamarrea con las dos manos. La niña, aturdida, temblando y con la cara ahora ensangrentada le pide por favor que se calme. Imbécil-idiota-no-servís-para-nada es lo último que escucha antes de huir de las garras de esa mujer que no para.

La pequeña corre y se esconde debajo de la cama. Sus hermanas han presenciado todo desde la ventana y riendo le repiten una y otra vez: “Excelente. ¡Todo excelente!”.
La madre continúa gritando afuera. Toma nuevamente el hacha y le da con ímpetu al tronco grueso y difícil de romper. Justo en ese momento lo parte.
Ni el hombre de la casa habría podido hacerlo mejor.

*
Dicen que la niña pasó toda la noche debajo de la cama. Clamaba a Dios que la salvara. Le pedía que le diera inteligencia para comprender las divisiones, los problemas y también para aprender a leer de corrido. Arrullándose con las rodillas contra su pecho, finalmente se quedó dormida.
Jamás olvidó las palabras-hachazo.
Las palabras que los adultos dicen a los niños dejan heridas que jamás se cierran. A lo sumo cicatrizan, pero las marcas quedan en la piel y en el alma.
Seguramente aquella niña cuando crezca llevará en sus hombros la pena y la responsabilidad siempre excesiva de tener que ser buena en algo. En lo que sea. Pero siempre sentirá que no alcanza. Se comparará con otros todo el tiempo.
Un vacío, un hueco quedó sin llenar. La falta de una aprobación detenida en el tiempo que, como un círculo vicioso, la mantendrá en ese estado de inferioridad. Hasta que se anime y enfrente el dolor. Solo así recuperará su poder y amor propio.
¿Logrará enfrentar a la madre algún día? ¿Y a las hermanas?
II. La señora del dolor
Soñé con mi madre. Ella estaba viviendo en una especie de hospital, un edificio donde vivían personas solas con dificultades de salud.

Yo iba a visitarla y conversábamos divertidas un buen rato. Al día siguiente, ella salía a hacer algo —¿un trámite? ¿Una compra?— y yo me quedaba. Más tarde decidí pasear.
Por el camino, en una esquina me encuentro con una trabajadora social —mi profesión. Ella se acerca y me empieza a hablar. Está tirada en el piso en pose de princesa, con unas fotocopias y otro papel al lado: uno lo lee y con el otro va haciendo una especie de resumen. Me cuenta que, si bien es trabajadora social, le gusta escribir cosas locas, divertidas. Me pide que no la juzgue.

Me enseña lo que escribe: refiere padecer algunos problemas de salud y que su novio vendría a buscarla justo en esa esquina. En ese momento llega un auto azul oscuro, tiene un abollón en la puerta derecha, como si otro auto lo hubiera chocado en ese único lugar. Ella recoge sus cosas rápido y cruza la calle en dirección al auto. Yo también me enderezo y espero que el auto se vaya para luego cruzar la calle.
En ese momento justo me doy cuenta de que olvidé las llaves y el celular en el “departamento” de mi madre.
Aturdida y temerosa, empiezo a caminar sin saber por dónde ir: no recuerdo el camino. Tampoco puedo llamarla para que me indique cómo llegar; sé que ella no estará en el lugar… Recuerdo que dijo no saber su hora de regreso.
Igual me dirijo por donde mi instinto me lleva. En una calle que me resulta conocida tengo una intuición fugaz de por dónde es. Le hago caso.
Al llegar, entro al edificio. Hay muchos departamentos pequeños en diferentes pisos. Yo voy derecho al tercero. Pero me siento perdida, doy varias vueltas sin saber cuál es el suyo. Hasta que me animo y le pregunto a una persona con ambo que supongo sabrá decirme. Ella me escanea con la mirada y dice que las personas que están allí padecen distintas enfermedades. Que mi madre a veces sale y no regresa por días.
Siempre está sola. No como otras personas, acompañadas por su familia. Es en ese momento cuando me inunda la desesperación. Creo que mi madre se habrá ido para no mostrarme su sufrimiento, su soledad diaria.
Me tiro al piso y lloro como un bebé cuando ve que su madre se aleja. La sensación de falta de amor me retuerce el estómago. Se asienta en mí la culpa.
Durante mucho tiempo ha cargado esa pena en su corazón, me digo.
Me invade un sentimiento de horror. Vuelvo a ver a la mujer del ambo caminando por el pasillo. Y sin detenerse dice: A tu madre no le queda demasiado tiempo aquí. No encuentro cómo interpretar esas palabras, de qué tipo de partida habla. Pero siento la muerte rodearme como si me abrigara. Va helando hasta los huesos más remotos de mi cuerpo.

Hoy amanecí pensando en ese sueño y su significado.
Toda su vida mi madre estuvo atravesada por la soledad y el dolor de no poder ser quien ella hubiese elegido ser.
Anoche me quiso trasmitir algo de esto. ¿Tendrá que ver con mi débil inclinación y temor a concretar mis sueños? Hace días que me siento paralizada. Tengo en mente muchas cosas que quiero hacer y no puedo. Veo cómo mis proyectos se diluyen como arena entre las manos. Algunos se van desvaneciendo: pierdo el entusiasmo. Otros dan vueltas en mi mente, pero en la práctica se convierten en la nada misma. Es como si me hubiesen puesto un pegamento debajo del calzado y al querer dar un paso, no logro moverme. Así me siento: estancada. Angustiada. Culpable. Vacía.
En este instante, mientras escribo, la garganta se inflama, duele. Tengo ganas de llorar. Como si quisiera expulsar palabras rancias, pedazos de papel hechos bollitos con secretos bien guardados.
Soledad mañanera; sólo el tibio canto de los pájaros y el sonido de las teclas cuando escribo rompen el silencio.
Suspiro, hago una pausa. Aún sigo impresionada con el sueño: me dura la sensación de esa veloz visita de mamá en la madrugada. Se llevó mi sueño, pero la impresión me duró horas de vigilia.
Ella sabe de propósitos no cumplidos y como buena madre de pronto me susurra. Y yo escucho claro, clarito esta vez:
“Que a ti no te pase lo mismo. Despierta y continúa tu camino; que cuando crezca mi nieto no se nuble… y encuentre tus huellas, hija mía.”
Sonia Crespillo





Comentarios