top of page
Buscar

Carta a papá y mamá

  • Foto del escritor: Claudia Maiocchi
    Claudia Maiocchi
  • 10 ene
  • 5 Min. de lectura

La “carta imposible” —porque nunca la enviaremos, hemos perdido contacto con el destinatario o este / estos ya no están— suele utilizarse como técnica de autoexploración, práctica del perdón, un modo de liberar y liberarse. Algunos sugieren quemarla luego… Pero, con su coraje característico, la autora eligió compartirla y hasta leerla en voz alta en el encuentro presencial de octubre. Como verán, es más que una vuelta de tuerca sobre lo que llamamos “segundo nivel de interlocución”.


Queridos viejos:


Aquí estoy frente a una pantalla tratando de hablar con ustedes. Raro ¿no?  Los imagino en un estado diferente, que les permite haber hecho las paces. Ahora son amigos. Desde ahí están siguiendo mi vida. 


Viejo, contigo me quedaron muchas cosas por hablar: muchos mates por tomar, puchos por fumar y consejos que escuchar. Me hubiera gustado entenderte más… Comprender tu vocación; saber cómo te afecto que yo naciera enferma, cuánto te influyó eso en la relación conmigo y con mamá. Ojalá hubieras estado en mis momentos más difíciles, pero casi todos fueron por tu ausencia… Así que de eso no hablaríamos.


Contigo, vieja, recorrimos mucha vida juntas: nos peleamos, nos disfrutamos, nos cuidamos y acompañamos. Igual, siempre hay cosas por decir: fuimos muy confidentes, tal vez hablamos de todo, pero nos criticamos mucho. Me gustaría hablar sin rencores, sin que me eches en cara que me quedé viviendo con papá cuando se separaron. Yo sabía que te lastimaba, pero también intuía que papá se moría y no me equivoqué, solo vivió dos años más. No me lo perdonaste…


Lo que nunca logramos fue hablar entre los tres. Nos perdimos el diálogo familiar. Pequeña familia… y a pesar de eso, incomunicados. Como condenados a guardar silencio eternamente.



Ahora que ya hace tres años estoy escribiendo sobre distintos momentos de mi vida, lo que me hace falta es compartirlos con ustedes, que sin querer o queriendo son coprotagonistas de mi historia. Parte la conocieron desde su lugar de padres, pero creo que ninguno de los dos supo qué pasaba en verdad por mi cabeza y en mi alma.


Viejo, a vos te pongo al tanto medio rápido. Me casé con Gustavo de quien dijiste:

—Ana María tiene novio. Me puedo morir tranquilo.

Claro que no esperaste mucho, ¡al mes te fuiste! ¿Tan apurado estabas? ¿Creías que todo sería así de sencillo? Pues no, lo lamento: eso no hizo más que apurar mi casamiento y que a los diez años terminara con ese matrimonio. La soledad me empujó…  Quédate tranquilo, no fue tan malo, sólo éramos dos niños que crecimos de forma diferente.


Mami, vos tampoco entendiste mucho por qué me casaba tan rápido. Ni por qué me separaba. Para ti fue una decepción grande: querías a Gustavo y te dolió.

Después vinieron algunos años complicados, que ninguno de los dos hubiera entendido si se los hubiera contado. Tal vez ahora que están escritos puedan comprenderme un poco más. Pero fue un tiempo difícil y, de nuevo, me sentí muy sola…


Cuando me junté con Fernando, mamá, té costó bastante aceptarlo y a ti, viejo, si hubieras llegado a estar presente, creo que no te hubiese resultado fácil digerirlo. En fin, eso ya está. Hace treinta y cinco años que estamos juntos y hace seis nos casamos. Así que todo en orden, pueden estar tranquilos que la “nena” está legalmente casada y ha durado conviviendo muchísimo más que ustedes.


Sí, mamá, tenías razón en muchas cosas de esas que me decías:

—Cuando te cases me vas a entender.  Cuando llegues a mi edad…


Lo que no pasó fue tener hijos. La verdad es que me daba miedo ser como ustedes y hacer sufrir a un inocente. En mi alma quedó marcado a fuego que los padres hacen sufrir a los hijos. Perdón por decirles esto, pero es lo que sentí y siento.


Sé que ustedes también sufrieron mucho, pero no fue mi culpa nacer con “Pie Bot” y que mi infancia resultara tan complicada. Intenté ser lo mejor posible y no quejarme, pero ahora de adulta sé que los padres la pasan mal cuando sus hijos están enfermos.

Nadie fue culpable en realidad; el destino nos tenía eso preparado a los tres. Lo malo fue vivirlo cada uno a su manera y no compartirlo Eso lo hizo mucho más difícil para todos.

*

Costó mucho intentar ser como ustedes ¡dos grandes líderes! No lo logré, no era esa mi función en la vida, pero me hubiera gustado ser reconocida por tanta gente como sigue pasando con ustedes aun tanto tiempo después de que partieron. Me siento orgullosa de los dos, fueron padre y madre de mucha gente joven que se formó con ustedes y les están muy agradecidos. Claro que eso tuvo un alto costo para mí: me sentí abandonada, y un poco lo estuve. Espero que ahora con otra sabiduría lo entiendan.


Soy muy distinta a cualquiera de los dos, no tuve ni tengo vocación definida, no tengo el espíritu de servicio de ustedes, lo mío es chiquito… Si sirvo, es para gente muy concreta, cercana. Creo que soy generosa, pero con la gente que quiero. No soy sociable. Mi vida es de persona a persona, todo muy íntimo.

Papá, algo que creo no llegué a reclamarte, pero sí lo hice con mamá, es por qué no tuvieron otro hijo. Creo que lo más difícil de mi vida fue ser hija única. No se lo deseo a nadie.


Cuando llegó el momento de cuidarlos —a vos también, viejo—, la responsabilidad me abrumó. Con mamá me agarró más preparada, pero tuve que tomar tantas decisiones difíciles sin poder consultar con nadie…


Ahora, ya de vieja, es duro no tener familia. A lo mejor podría haber tenido un hermano o hermana y sobrinos con quienes tendríamos momentos y recuerdos juntos. Pero no, soy yo sola a recordar y eso me puede jugar malas pasadas.

¿Será por eso que se me dio por escribir?

Bueno, mis queridos, sepan que los tengo siempre en mi corazón, y les agradezco la vida que me dieron.


Tal vez en algún momento el Universo nos reencuentre y podamos sanar del todo los tres. Sé que ustedes están arrepentidos de algunas cosas. Yo también. Pero lo que me deja tranquila es que estuve con ustedes hasta el último momento, aun partiéndome en dos.


Estemos en paz los tres, ¡esa paz que no tuvimos juntos, que la tengamos hoy! Ustedes donde estén y yo, el tiempo que me quede en esta vida.


Como dice una antigua oración: Hasta que volvamos a encontrarnos, que Dios nos mantenga en la palma de su mano.


Los abraza,

su hija, Ana María


Ana Sellera Damiani - Montevideo

 
 
 

Comentarios


Join my mailing list

Thanks for submitting!

© 2023 by The Book Lover. Proudly created with Wix.com

  • Icono social LinkedIn
  • Facebook icono social
bottom of page