Ciudad Luz
- Claudia Maiocchi
- hace 11 minutos
- 4 Min. de lectura
¿Cómo trabajar lo vivencial a partir de un cuento maravilloso clásico? La autora Claudia Navarro asumió el desafío y compartimos el resultado durante el encuentro presencial del 10 de octubre en Colonia. Spoiler alert: aparece un zapatito... ¿Les suena?

No era la primera vez que estábamos en Paris.
En esa oportunidad nos acompañaba Ximena, mi sobrina de veinte años.
En Noviembre la ciudad parecía envuelta en una bruma suave, como si cada calle respirara nostalgia. El aire frio, pero no cruel, acariciaba los rostros con dedos de escarcha, recordando que el otoño ya se rendía y dejaba paso al invierno. Las hojas ocres y rojizas bailaban en silencio sobre las veredas mojadas, empujadas por un viento helado que llegaba desde el Sena.
Con cada viaje había desarrollado esa manera de mirar sin apuro, como si supiera que todo lo bello terminaría ocurriendo al ritmo del corazón.
Al salir del metro de Trocadero, la Torre se alza de pronto, inesperada y majestuosa, como si el cielo de París hubiera decidido posar sobre la Tierra una estructura que entreteje hierro y sueños.
Desde esa plaza, el mundo se abre en perspectiva: jardines simétricos, fuentes danzantes y escaleras amplias que conducen al Campo de Marte, como una alfombra verde extendida para los caminantes, como a la entrada de un festival de cine.
A lo largo de los senderos, las parejas entrelazan sus dedos, y se funden en besos infinitos; fotógrafos se arrodillan para capturar ángulos imposibles y vendedores ambulantes ofrecen mini torres brillantes que tintinean en los bolsillos de los turistas.
Con varios meses de anticipación habíamos reservado mesa en “Le Jules Verne”, ubicado en el segundo piso de la Torre Eiffel, galardonado con dos estrellas Michelin. El restaurante ofrece una experiencia culinaria excepcional, que combina la excelencia gastronómica con un entorno inigualable. Ubicado, claro está, en uno de los barrios más elegantes, señoriales y tranquilos de la ciudad. De avenidas anchas, bordeadas por árboles centenarios e imponentes edificios, jardines bien cuidados, esculturas art déco, museos y terrazas donde un café puede durar una eternidad y sellar un destino. Entre embajadas y hoteles cinco estrellas, el silencio es casi parte de la arquitectura. A un costado, el Sena serpentea sereno, reflejando las luces que titilan en la torre como joyas vivientes.
Yo había elegido un vestido negro entallado y unos zapatos azul noche que me hacían sentir más alta, más elegante, más… francesa.
Ximena y yo subimos las escaleras vestidas para la ocasión, muy emocionadas y felices de compartir semejante experiencia.
Ramiro, unos escalones más abajo, se tornasolaba entre reflejos dorados y murmullos en idiomas que no entendíamos.
Fue justo al llegar al descanso de la imponente escalera de madera cuando sucedió.
Mi zapato azul salió disparado. Como si se liberara de todo protocolo, rodó por los escalones aterciopelados con un movimiento rítmico y descarado, hasta desaparecer de mi vista, dejando tras de sí un silencio incómodo y todas las miradas dirigidas a mí.
Solo atiné a pronunciar las palabras mágicas:
—¡Ramiro, mi zapato!

Mientras nosotras lo mirábamos desde arriba —mitad avergonzadas, mitad encantadas— él bajó detrás con aire de príncipe posmoderno.
El tacón azul descansaba como caído del cielo entre medio de los escalones. Ramiro lo levantó con mucho cuidado, como quien levanta un tesoro invaluable, y ante la mirada perpleja de los presentes, hizo el amague de tirarlo por el aire.
El grito que me salió no fue sólo de pánico; fue entre un “¡No!” y un “¡Ni se te ocurra!” en todos los idiomas que conocía…
Y fue entonces cuando estalló la magia más inesperada de París: la risa de todos los presentes.
Los turistas, los camareros y hasta los parisinos con trajes elegantes se soltaron. Como si ese pequeño zapato hubiera desbloqueado una burbuja de alegría que flotaba sobre la Torre.
Él, por supuesto, no lo tiró. Lo sostuvo con una sonrisa de niño travieso y subió los escalones con paso triunfal, ofreciéndomelo como si fuese de cristal:
—¿Princesa? Su zapato.
Nos reímos hasta que nos dolieron las mejillas. Y entre carcajadas y miradas cómplices, nos ubicaron en una mesa con una increíble vista de la ciudad.
El mozo, con la gracia seca que caracteriza a los franceses, miró mi pie descalzo y el zapato en la mano. Inclinó apenas la cabeza y con una sonrisa pícara dijo:
—Mademoiselle… Souhaitez-vouz une chaise pour votre chaussure? (¿Desea una silla para su zapato?)
Nuevamente la risa se hizo presente.
La ciudad resplandecía por la ventana y en medio de tanto brillo, copas de cristal y finísimos platos, el zapato azul descansaba sobre mi falda como el recuerdo más humano de una velada perfecta.
Los tres brindamos y nos deleitamos con la mezcla de texturas y sabores indescriptibles que explotaban en nuestra boca. De entrada compartimos unos langostinos servidos con un delicado aspic de mariscos, cítricos y vegetales. Ximena optó por un pescado al vapor con emulsión de champagne, acompañado de calabacín y limón confitado. Nosotros dos compartimos un solomillo de ternera, reservándonos para el postre de chocolate “Torre Eiffel”: cremoso de chocolate caliente con helado de avellanas, presentado como una estructura que homenajeaba a la torre.
Definitivamente, una noche de cuento.
Claudia Navarro - Buenos Aires (y el mundo: viaja mucho; toma las clases y escribe desde todas partes...)





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