Mi vida, en tres canciones
- Claudia Maiocchi
- hace 22 horas
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 3 horas
Luego de trabajar “recorte y resignificación”, abordamos esta propuesta —tomada de un “Mundial de Escritura”—, en la que parecerían invertirse los papeles: es como si las escenas resignificaran la canción. Tal como lo hace la memoria.
Al Este o al Oeste / llueve, lloverá /una flor y otra flor celeste / del jacarandá (…)
Es la primera canción que recuerdo.

Mi madre me la cantaba mientras lavaba a mano en su tina de cemento. Yo la repetía, una y otra vez: se ve que me impactó. Creo que cantando —uno de sus placeres— era feliz. Por momentos, al menos…
Me gustaba mucho oírla; no recuerdo haber escuchado “El jacarandá” por radio, único medio en esa época, a pilas o a batería. Sobre todo se escuchaban informativos, partidos de fútbol… Alguna emisora con tangos —que a papá le encantaban— y algún cantante de época.
Esa estrofa la aprendí directamente de ella. Yo tendría menos de tres años: mi hermano no había nacido y, según me cuentan, tarareaba: “una flor y otra flor celeste / del jacarandá”.
Desde entonces, soñé con conocer ese árbol. Jamás lo había visto y ya me había enamorado de él. Lo imaginaba enorme, lleno de flores celestes que poco a poco se fueran desprendiendo. Quería jugar con ellas y que formaran una hermosa alfombra…
Lo conocí muchos años después, y desde entonces hice lo posible por lograr tener uno en casa. Lo compré, lo planté en el fondo. ¡Se me secó una y otra vez! Intenté con las semillas, pero nunca prendían.
No pierdo las esperanzas: sigue siendo mi favorito. También el color que —se me ocurre— es el que me sienta mejor.
Cuando pierda todas las partidas, / Cuando duerma con la soledad, / Cuando se me cierren las salidas, / Y la noche no me deje en paz. / RESITIRÉ, erguido frente a todo, / me volveré de hierro para endurecer la piel. / Y aunque los vientos de la vida soplen fuerte, / soy como el junco que se dobla / pero siempre sigue en pie (…)
Recuerdo escucharla muy jovencita, y verla interpretar en un programa español —supongo, a fines de los 70—. La televisión era en blanco y negro, con imagen y sonido muy poco nítidos. La cantaban dos españoles conocidos como “Dúo Dinámico”.
Me gustó mucho la letra y presentí que se transformaría en una especie de “himno” para darme ánimo en momentos críticos. ¡Y así fue! Muchas veces recordé esa canción y la imaginaba para inyectarme fuerzas.
A pesar de mi juventud, había tenido que resistir varios embates, siempre relacionados con el tema de que quería estudiar y progresar; mejorar la calidad de vida de toda mi familia y los problemas económicos, que no daban tregua. El campo —donde vivíamos— depende además de las inclemencias del tiempo, y en mi familia pasamos por todo: piedra que destrozó cosechas íntegras, sequías por las que murieron todos los animales, pestes que consumían plantaciones, inundaciones que nos aislaban por los malos caminos.
Cuando terminé primaria, ir al liceo no estaba decidido: faltaban pocos días para comenzar y yo insistía. Recuerdo a mi madre muy enojada… Una tarde les dije que si no querían llevarme desde “afuera”, me iba a mudar a la casa de los abuelos. ¡Qué atrevimiento de mi parte! Al menos, para mamá. La escena me vuelve y otra vez (…)
También en mi afán de progreso, había propuesto hacer algún otro negocio, e incluso construir una vivienda en el pueblo, donde justo había llegado Alberto Gallinal con un plan de vivienda. Ni me escucharon.
Cada vez me convencía más de eso que dicen: “El acto más grande de rebeldía para el pobre es estudiar”.
Pasó una década o más hasta que a la canción le dieron voz en el Río de la Plata: me parece ver y escuchar la emocionada interpretación de Estela Raval. (…) Más tarde la oí y vi por TV a color, y ahora, cada tanto, en YouTube. Para seguir “resistiendo”, sigo recurriendo a ella. Me da fuerza.
Creo que soy un poco como el junco… ¿Me acompañará hasta mi último suspiro? Porque pienso seguir RESITIENDO…

Me quedo con quien me cuida, / me quedo con quien me valora, / con quien me hace reír / y ríe conmigo, da igual la hora. / Me quedo con quien escucha / atentamente mi desahogo, / con quien procura mi bien, / con quien se queda a pesar de todo (…)
¡Mi canción actual! Tomé contacto con ella cuando una amiga me la envió por WhatsApp, luego de venir a visitarme cuando hacía poco tiempo me habían operado. Estaba pasando por quimio, radio, totalmente calva… Momentos en que, por lo general, se siente más que nunca la soledad.
Fue un mensaje que valoré de entrada y resume el tipo de gente que quiero en mi vida. Y que yo misma intento ser desde siempre para otros.
Esa tarde, a pesar de la situación, pasé un momento lindo y distendido con dos de mis amigas que vinieron expresamente: tomamos un té en un lugar hermoso, contemplamos un atardecer mágico, conversamos sobre la vida. Recordamos.
Cuando me tocó pasar situaciones de dolor, la mayoría de la gente —aun los que yo consideraba cercanos— desaparecieron.
Otros, estuvieron de una u otra manera. Y a esa gente que trae luz, la quiero para siempre en mi vida.
¡Es la que hace falta en el mundo!

Rocío Birriel Lemes – Colonia del Sacramento





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