Una hogaza de pan
- Claudia Maiocchi
- 7 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 8 ene
El narrador en primera persona asume otra voz: es otro (u otra) quien dice YO. En este caso, el marco es un relato histórico y la autora hace un uso especial de la personificación. Se preguntarán si se trata o no de Escritura Vivencial. Pero, ¿hay acaso algo más vivencial y humano que la propia imaginación? Sí, la ficción también tiene lugar en nuestros talleres.

Soy una hogaza de pan, grande, crujiente, esponjosa, blanca por dentro y dorada por fuera. Fui amasada con la harina más pura que se puede encontrar hoy, 7 de octubre de 1788, en el reino de Francia.
A pesar de tanto alarde, tengo lo básico claro: no nací para comer, sino para ser comida.
Viajo junto a otras compañeras en una carreta bastante destartalada, con destino al palacio del conde de Chatelet. Aristócrata famoso en la región por su terrible carácter y por los abusos a los que somete a sus trabajadores. Lacayos, sirvientes y campesinos de su señorío lo odian de manera unánime.
Sé que después de tan breve vida voy a terminar en el estómago de alguno de los nobles —parásitos ociosos—, invitados al banquete que el conde ofrece esta noche. Cuestiones del destino.
La carreta avanza con dificultad, protegida por un par de soldados con armas, a fin de evitar que la asalten los campesinos. Angustiados, miserables y famélicos, nos ven pasar a la vera del camino. Y no tienen nada que perder. El precio del pan, su principal alimento, se ha ido a las nubes. Morir de hambre o en una refriega, tanto da.
Una hogaza como yo siempre fue un objeto de lujo en este reino donde lo habitual es amasar con harinas oscuras. Pero resulta que ahora la gente humilde tampoco accede a los alimentos más ordinarios.
La sucesión de malas cosechas estos últimos años ha ubicado a Francia al borde del abismo. París, un polvorín, se encuentra a punto de estallar. Los nobles parecen no darse cuenta y aumentan los impuestos a los campesinos como si se viviesen tiempos de bonanza.
*
Llegamos al palacio del conde. Dos manos percudidas y mugrientas me agarran sin contemplaciones: abren una compuerta en la pared de piedra y junto a otras hogazas me arrojan por una canaleta que termina en un sótano inmundo.
El olor a orines resulta sofocante. Las ratas campean a su antojo y roen nuestras cortezas sin la menor delicadeza. A poco de estar sufriendo ese suplicio, alguien nos recoge y nos lleva a la cocina, donde arden tres enormes fogones.
—Por fin llegó el pan. Estamos cerca de la hora de servir. Ya saben cómo se pone el conde si se atrasa la cena —la voz del lacayo principal suena nerviosa.
—Ya mismo lo corto.
El cocinero más cercano toma una enorme cuchilla y me divide en cuatro partes.
Les dije en serio que no me importa. Es mi destino y lo acepto. Lo mismo, mis compañeras.
Cada porción de pan es ubicada sobre un pequeño cuenco de plata cubierto por un fino encaje. Un lacayo de guantes blancos nos tomará suavemente con una pinza al servirnos al comensal de turno. A nuestro lado en todas las bandejas irá un tazón de sopa humeante.
Tres escupitajos en el tazón —autorizados en los hechos por un encargado atacado por súbita ceguera— condensan la furia de los de abajo en ese mundo tan desigual.
Me dirijo a mi morada final sin amargura: a un lado me acompaña la rebeldía.
Es una buena manera de morir.

Lucila Artagaveytia - Montevideo




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