Verano
- Claudia Maiocchi
- hace 23 horas
- 3 Min. de lectura
La propuesta era utilizar todos los sentidos para mostrar un lugar, un estado de ánimo, una etapa de la vida. No sólo de la vista y el oído vive la escritura.
Vacaciones, modorra, ocio… El verano nos invade con sus colores, aromas y melodías.
En el jardín del Prado, esa casa que acompañó mi historia desde los cuatro años hasta los cincuenta y cinco, se daban cita los mejores veranos, vividos al máximo. Sin duda, la mejor y más expresiva de las estaciones, con todo un abanico de posibilidades para contemplar, escuchar, aspirar, saborear…
Los zorzales y benteveos arrancaban bien temprano, con esas conversaciones en clave de trinos que se filtraban por la ventana entreabierta de mi dormitorio y lograban despertarme con suavidad y armonía.
Si el día pintaba caluroso, ya desde las primeras horas el canto estridente y mantenido de las chicharras hacía vibrar los canteros y arbustos del jardín, sin que nadie lograra ubicar a las autoras de tales sonidos.

De niñas, mis primas y yo nos abocábamos a esa pesquisa una y otra vez, como si quisiéramos distinguir el timbre especial de algún instrumento en medio de una sinfonía.
El zumbido amenazante de las abejas, de decibeles variables, se hacía sentir entre los higos maduros, que —ya desde mediados de enero— arqueaban las ramas de las higueras y atraían a las cotorras. Éstas, en bandadas, aturdían con sus chillidos atropellados y picoteaban desordenadamente las frutas maduras. La leche de los higos, blanquecina y pegajosa, se escurría con generosidad por sus cáscaras rugosas. Y a veces, sobre nuestras cabezas juguetonas.

Muy cerca, dos majestuosos ciruelos blancos, de troncos retorcidos, desparramaban un empalagoso aroma dulce que también atraía a insectos, picaflores… y a niñas golosas. Bajo la sombra protectora de uno de ellos, se organizaba, domingo tras domingo, la mesa del almuerzo familiar.
Matizado por el perfume de la fruta, llegaba el inconfundible olorcito a brasa de piña y al asado que poco a poco iba logrando su punto exacto, bajo la mirada cuidadosa de mi padre.
El césped verde, frondoso y siempre bien cortado, invitaba a nuestros pies descalzos a caminar, saltar y correr por varios sectores del jardín. La humedad tempranera de las gotas de rocío se esfumaba a medida que iba ascendiendo la temperatura... y que el olor del asado casi pronto nos hacía agua la boca.

(...)
Enroscada en una reja, la madreselva esparcía un fuerte aroma frutal y su néctar era un llamador poderoso para todos los paladares, que degustaban sus flores blancas y amarillas.
Hace unos pocos años, en un recodo de un tramo boscoso del Camino de Santiago, tuve un emotivo reencuentro con esta planta, entremezclada con zarzamora. Al instante se me reprodujo ese sabor dulzón en la base de la lengua. Volver a la infancia.
(...)

En un cantero lateral ocupaba un lugar de privilegio un jacarandá, de estatura mediana. Había nacido allí, en forma espontánea, seguramente importado en forma de semilla por algún pájaro desde alguna vereda cercana. Sus flores acampanadas y de un subido tono lila contrastaban con las clivias naranjas a sus pies.
(...)
El comienzo del mes de marzo ponía el toque aromático con la explosión de las guayabas de dulce. Su perfume, concentrado e intenso, provenía de algunos árboles del fondo del jardín y anunciaba la llegada del otoño: nostalgia por el próximo inicio de las clases.
María Luisa, una cocinera morena que sabía de su oficio, transformaba las guayabas maduras en deliciosas jaleas y en postres almibarados, que impregnaban hasta el último rincón de la casa y se escurrían hasta el exterior. Ese aroma característico tenía sus admiradores, pero también algunos detractores.
En poco tiempo se iniciaría el ciclo de la caída del follaje de la mayor parte de los árboles. Hasta el ciprés calvo del vecino colaboraría con el tinte herrumbroso de parte de la caminería del jardín, sumado a toda la gama de rojos, amarillos y ocres de las hojas de la enredadera.
Aún tengo grabado en mi memoria el chisporroteo que producía todo ese follaje acumulado, bajo las rueditas de mi bicicleta que lo trituraban sin piedad… Monótona letanía mientras yo ensayaba, sin pereza, mantener el equilibrio al deslizarme por las sendas cubiertas de mullidas capas de hojas secas.
(...)
Así, la vida continuaba, con el ir y venir de la naturaleza y de los moradores de esa casa, en la que tanto nos deleitábamos. Una parte de mí sigue merodeando por aquel parque y lo seguirá haciendo hasta el fin de sus días.
Y, ¿quién sabe? Tal vez después también.
Matilde Canabal Vilaró - Montevideo





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